Entre los siglos XII y XIV, tras las Cruzadas, la cristiandad vivió grandes cambios: renacieron las ciudades y el comercio creció, Europa tomó contacto con las tierras próximas de Asia y demostró sus productos y riqueza, las especias que por ahí llegaban, los perfumes, los tejidos de seda, el rol o las alfombras. Frente a la indigencia europea, Asia tenía mucho que brindar, y algunas ciudades comerciales de Italia, como Venecia, Génova, Florencia o Pisa, comenzaron a vencer y a incrementar sus flotas.
El europeo, que ignoraba casi todo de Asia, se fue acostumbrando, desde el siglo XII, a un producto que llegaba de allí y era cada vez más estimado: las especias. Éstas servían para condimentar alimentos y hacer más comestibles algunos platos mal preservados. En un recetario de cocina de la etapa no faltaban pimienta, jengibre, menta, cardamomo, nuez moscada, salvia, perejil, comino, azafrán, clavo o anís. Igualmente se empleaban para fermentar algunas bebidas caseras. Por último, la medicina elaboraba copiosos brebajes con estos productos. A partir del siglo XIII, el comercio de especias se encontraba ya perfectamente estructurado. La mayoría de ellas, las más selectas y apreciadas, procedían del Extremo Oriente (del archipiélago de la Sonda, en la actualidad parte de Indonesia). La pimienta, sin embargo, que era la más consumida —75% del comercio de especias— procedía de la costa de Mensalzar (costa suroccidental de la India). Era la especia más próxima. A través de rutas transasiáticas terrestres (Ruta de la Seda) y marítimas (ruta del Índico), perfectamente organizadas, llegaban las especias al Mediterráneo oriental (Trebisonda, Constantinopla, Alejandría), donde fueron levantando sus manufacturas los mercaderes europeos, que las recogían para distribuirlas en el mundo cristiano.
Quienes se dedicaban a este comercio en el Mediterráneo conocían sus apuros: corsarios berberiscos (de la costa de Berbería), peligro turco, guerras entre ciudades comerciales. Un mercader podía pasar del bienestar financiero a la quiebra si perdía un cargamento de especias. Para prevenir cualquier contratiempo constituían compañías, montaban un servicio de vigilancia y protección e involucraban a los estados. Tenían la seguridad de que cualquier mercancía aparición a puerto se ofrecería y las ganancias podrían ser fabulosas. Y el florecimiento de este mercado superó ya lo simplemente específico de tales o cuales mercaderes para transformarse en interés común de un reino o de una ciudad. De este modo fue como las ciudades italianas se introdujeron en el comercio con Oriente y, una vez que lo manejaron, previnieron a toda costa que nadie les hiciese competencia. Incluso, en el momento en que los intereses y monopolios de Venecia, Génova, Pisa, Florencia, Nápoles, Sicilia, etc., podían amenazarse entre sí, llegaba el enfrentamiento, seguido de la caída de una y el ascenso comercial de otra que se adueñaba de los mercados de la vencida.
Adicionalmente de especias, Asia ofrecía a Europa otros productos de lujo y refinamiento, como las sedas chinas, perlas y piedras preciosas. Asia fue convirtiéndose en un lugar de monarcas de fantasía, de reinos fabulosos repletos de oro, mucho oro, que contrastaba aún más con la indigencia atosigante de los pueblos occidentales. Europa, sus agrados y su comercio, dependía de chinos, tártaros, mongoles, turcos y árabes; demasiados pueblos condicionando el bienestar de unos y los agrados de otros.
La caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos, en 1453, y la dominación de Egipto (básicamente de su ciudad de Alejandría) poco después, exhibieron la vulnerabilidad del comercio cristiano en el momento en que este dependía de una sola ruta. Convenía encontrar un trayecto nuevo para llegar a la India.
