Afeitado, manipulación fraudulenta de las astas del toro, que a través de una operación traumática se acortan en varios centímetros y se reconstituyen -mediante la escofina y otros utensilios- conforme su natural apariencia.
La falta de control de la distancia en la embestida aminora la peligrosidad del animal a lo largo de la corrida, al tiempo que varían trascendentemente las percepciones que la res recibe por intermedio de esa segunda piel modificada y osificada, que constituye uno de sus primordiales contactos con la realidad.
Muchos toreros dicen que, pese a ello, el mayor grosor del pitón y la pérdida del diamante de su punta -que cauteriza la carne en el momento en que la penetra- hacen más letal la cogida.
Esta práctica, prohibida expresamente por el Reglamento, ha sido, sin embargo, un artificio repetido numerosas veces, desde su aparición en los ruedos en la corrida de despedida de Marcial Lalanda, en 1942.
